“Haced esto en memoria mía” Boletín nº 104
Como todos los años, con este mensaje deseo ayudar a toda la Iglesia a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia; y lo hago inspirándome en una expresión de Jesús en el Evangelio de Mateo: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (24,12).
Esta frase se encuentra en el discurso que habla del fin de los
tiempos y que está ambientado en Jerusalén, en el Monte de los Olivos,
precisamente allí donde tendrá comienzo la pasión del Señor. Jesús,
respondiendo a una pregunta de sus discípulos, anuncia una gran tribulación y
describe la situación en la que podría encontrarse la comunidad de los fieles:
frente a acontecimientos dolorosos, algunos falsos profetas engañarán a mucha
gente hasta amenazar con apagar la caridad en los corazones, que es el centro
de todo el Evangelio.
Preguntémonos: ¿qué formas asumen los falsos profetas? Son como
«encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas
para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos
de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se
le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados
por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de
intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen
presa de la soledad. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual,
en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan
dramáticamente sin sentido. Estos estafadores no sólo
ofrecen cosas sin valor, sino que quitan lo más valioso, como la dignidad, la
libertad y la capacidad de amar.
Cada uno de nosotros, por tanto, está llamado a
discernir y a examinar en su corazón si se siente amenazado por las mentiras de
estos falsos profetas. Preguntémonos: ¿cómo se enfría en nosotros la caridad?
¿Cuáles son las señales que nos indican que el amor corre el riesgo de apagarse
en nosotros?
Invito especialmente a los miembros de la Iglesia a
emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el
ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la
caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una
nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo. (Del
mensaje del Papa Francisco para la cuaresma 2018)

-Texto Bíblico: Mc 14, 22-26
Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por todos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios”. Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.
Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por todos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios”. Después de cantar el himno, salieron para el monte de los Olivos.
- Pasos para la lectio divina
1. Lectura y comprensión del texto: Nos lleva a preguntarnos sobre el conocimiento auténtico de su contenido ¿Qué dice el texto bíblico en sí? ¿Qué dice la Palabra?
2. Meditación: Sentido del texto hoy para mí ¿Qué me dice, qué nos dice hoy el Señor a través de este texto bíblico? Dejo que el texto ilumine mi vida, la vida de la comunidad o de mi familia, la vida de la Iglesia en este momento.
3. Oración: Orar el texto supone otra pregunta: ¿Qué le digo yo al Señor como respuesta a su Palabra? El corazón se abre a la alabanza de Dios, a la gratitud, implora y pide su ayuda, se abre a la conversión y al perdón, etc.
4. Contemplación, compromiso: El corazón se centra en Dios. Con su misma mirada contemplo y juzgo mi propia vida y la realidad y me pregunto: ¿Quién eres, Señor? ¿Qué quieres que haga?
- Comentario
Jesús, consciente de la inminencia de su ejecución, necesita compartir con los suyos su confianza total en el Padre. Dos sentimientos lo embargan. Primero, la certeza de su muerte: aquella va a ser la última copa que va a compartir con los suyos. Al mismo tiempo su confianza inquebrantable en el reino de Dios, al que ha dedicado su vida entera.
Al comienzo de la cena, siguiendo la costumbre judía, Jesús toma pan en sus manos y pronuncia, en nombre de todos, una bendición a Dios a la que todos responden diciendo “amén”. Luego parte el pan y va distribuyendo un trozo a cada uno. Se lo han visto hacer en más de una comida y saben lo que significa ese rito: al recibir aquel trozo de pan, todos se sentían unidos entre sí y bendecidos por Dios.
Pero, aquella noche, Jesús añade unas palabras que le dan un contenido nuevo e insólito a su gesto. Mientras les va distribuyendo el pan les dice: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Yo soy este pan partido que se entrega por vosotros hasta el final. Recordadme así: entregado totalmente para haceros llegar la bendición del reino de Dios, la salvación del Padre; esto alimentará vuestras vidas.
Es más sorprendente lo que hace a continuación. Todos conocían el rito: El que presidía la mesa, permaneciendo sentado, tomaba en su mano derecha la copa de vino y pronunciaba sobre ella una acción de gracias por la comida, todos respondían “amén”. A continuación, el que presidía, bebía de su copa, esto servía de señal para que cada uno bebiera de la suya.
Sin embargo, esta noche, Jesús cambia el rito e invita a sus discípulos a que todos beban de una única copa: ¡la suya! En esa copa, que va pasando a todos, Jesús ve algo nuevo: “Esta copa es mi sangre de la alianza, que es derramada por todos”. Ved en este vino mi sangre derramada por vosotros, entregando mi vida por todos. Jesús no piensa solo en sus discípulos más cercanos. Su mirada se hace universal, la sangre de la Nueva Alianza de Dios con la humanidad ofrece la salvación para todos.
En su relato de la cena, Lucas recuerda estas palabras de Jesús: “Haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). Celebrar la eucaristía es “hacer memoria” de Jesús, actualizando su presencia viva en medio de nosotros, alimentando en él nuestra fe, grabando en nuestros corazones su entrega hasta la muerte y reafirmándonos en nuestro compromiso de seguirle cargando con la cruz hasta las últimas consecuencias.
Compartir el mismo pan y beber el mismo cáliz significa y expresa la comunión con Cristo y refuerza los lazos de la fraternidad de sus seguidores. (Cf. J.A. Pagola)
ORACIÓN POR LAS VOCACIONES “AMOR DE DIOS”

“Todo por Dios y solo por Dios, nada por respetos humanos”
(J. Usera)
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